
Nuestra querida alberca, era la pileta del lavadero, ésta se parece mucho, como éramos chiquillos nos emocionaba en tiempo de calor que mi Abue y Ma nos dieran permiso de " nadar ", era toda una aventura.
Los cuatro nos preparábamos y toalla en mano marchábamos hasta llegar a nuestra albrerca.
Mayo y Nuné se paraban en la orilla y se aventaban clavados, Martus y yo solo nadabamos, nos aventábamos agua a la cara, reíamos, éramos muy felices.
A veces nos cuidaba Abue, en otras ocasiones Ma, pero normalmente estaba Doña Jo al tanto de nosotros. Después de un buen rato de chapotear en el agua, salíamos a darnos un buen baño y ya listos llegábamos a la cocina en donde nos esperaban Abue y Doña Jo con unos deliciosos taquitos de frijoles, un pan con mantequilla o unos deliciosos taquitos de quintoniles que devorábamos.
Y después de esa gran mañana continuábamos en el jardín nuestros juegos.
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